ALGUNAS TRADUCCIONES DE UN CLÁSICO DE LA LITERATURA FRANCESA, MOLIÈRE

ALGUNAS TRADUCCIONES DE UN CLÁSICO DE LA LITERATURA FRANCESA, MOLIÈRE

Molière

Molière

Jean-Baptiste Poquelin, conocido universalmente como Molière (París, 1622 – ibídem, 1673) está considerado el padre de la “Comédie Française” y uno de los grandes autores teatrales de todos los tiempos. Despiadado con la pedantería de los falsos sabios, la mentira de los médicos ignorantes, la pretenciosidad de los burgueses enriquecidos, Molière exalta la juventud, a la que quiere liberar de restricciones absurdas. Muy alejado de la devoción o del ascetismo, su papel de moralista termina en el mismo lugar en el que él lo definió: “No sé si no es mejor trabajar en rectificar y suavizar las pasiones humanas que pretender eliminarlas por completo”, y su principal objetivo fue el de “hacer reír a la gente honrada”. En este sentido, hizo suyo el lema “Castigat ridendo mores”, “Corrige las costumbres riendo” que aparecía sobre los teatritos ambulantes italianos de principios del siglo XVII.

Sus títulos más conocidos son “La escuela de los maridos” (1661), “La escuela de las mujeres” (1662), “Tartufo” (1664), “Don Juan” (1665), “El misántropo” (1666), “El médico a palos” (1666), “El avaro” (1668) o “El enfermo imaginario” (1673).

Sabemos de la dificultad que entraña traducir una obra literaria a una lengua que no es la original. Como señala Rafael Ruíz Álvarez de la Universidad de Granada respecto a los debates suscitados en los últimos años en torno a este tema: “En unos y otros parece haberse llegado a un común acuerdo: soslayar la dificultad que entraña seguir siendo fieles a un texto, permitiendo al mismo tiempo serlo al nuevo producto que se pretende divulgar. Esta conclusión, asumida en nuestros días con rotundidad, se pone de especial manifiesto cuando se trata de traducir teatro. Más aún si se abordan textos clásicos como los del siglo XVII, donde la primera opción a la hora de traducir alcanza algo tan delicado como decantarse por el verso  la prosa y donde falta, por ser característico e intrínseco de la dramaturgia de la época, toda cotación escénica que pueda contribuir al mejor entendimiento de lectores y traductores”.

Leandro Fernández de Moratín retratado por Goya

Leandro Fernández de Moratín retratado por Goya

Uno de los traductores más conocidos del genio francés fue el también dramaturgo Leandro Fernández de Moratín (Madrid, 1760 – París, 1828). A él se deben sendas versiones de “La escuela de los maridos” de 1808 y “El médico a palos” de 1814. Es conveniente indicar los rasgos de peculiaridad que tiene el trabajo realizado por Moratín en el campo de la traducción de las obras dramáticas que nos ocupan. Estos trabajos se corresponden con, según el Catedrático Jesús Cañas Murillo, los del “… adaptador que toma como base los escritos de un autor extranjero y los utiliza como material para ofrecer una versión, libre, de ellos que en muchos aspectos los separa, incluso de forma bastante sustancial, de su configuración primitiva”.

"Tartuffe ou límposteur", de Molere traducida como "El hipócrita" por el Abate Marchena

“Tartuffe ou límposteur”, de Molere traducida como “El hipócrita” por el Abate Marchena

Otra de las traducciones más celebres de Molière es la de “Tartuffe” publicada por José Marchena (Utrera, 1768 – Madrid, 1821) bajo el título de “El hipócrita” en 1811. Como en el caso anterior, José Marchena actúo “… más como adaptador que como traductor, actualizando y contextualizando su texto a su época, haciéndolo a sus costumbres, rectificando nombres propios, topónimos y situaciones que el lector de entonces no sabría apreciar”, según el Profesor Rafael Ruíz Álvarez. “Figura, además, entre las adaptaciones realizadas en verso, lo que le concede mayor prestigio y dificultad, pero lo que contribuye”, en su opinión, “a hacerla menos apta para su escenificación”. “Por otro lado”, termina el profesor, “el vocabulario de Marchena queda en nuestros días obsoleto y ello dificulta la inteligencia del texto por parte de los lectores y de un público potencial en salas comerciales de hoy”.

Pero al hablar de las traducciones anteriores se pregunta Concepción Palacios Bernal de la Universidad de Murcia sí están “¿ajustadas al original?”.  A lo que responde “… que sus obras fueron más conocidas por adaptaciones que por traducciones lingüísticas (…) Todas igualmente sufrieron el proceso de acomodación a su época, no sólo en costumbres, personajes o topónimos sino en situaciones más específicas que, incluso, le  llevaron en ocasiones a contradecir el original en su afán de asegurar la diversión, cierto, mas también de no incurrir en graves problemas con la propia censura de la época”.

Además, la Profesora Palacios se hace una segunda pregunta en lo referente a las traducciones: “¿todo Molière? la respuesta es negativa. La única tentativa seria de traducir la obra completa del dramaturgo galo la tuvo el abate Marchena a comienzos del siglo anterior. Sin embargo, quedó en ello, en tentativa, ya que tan sólo son dos las traducciones que de él se conocen, “El hipócrita” y “La escuela de las mujeres”,  representadas en 1811 y 1812  respectivamente. Habremos de llegar a nuestro siglo para encontrar la primera traducción global de la obra molieresca. Esta empresa pertenece a Julio Gómez de la Serna (1895-Madrid, 1983) y la publicó Aguilar en el año 1945. Tuvo -como él mismo indica- “el placer y el honor de ser el primero en presentar en nuestra lengua en su absoluta totalidad‘  la obra del francés”.

 

 

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