EN TORNO A JOYCE Y OTROS DEMONIOS: O EN TORNO A LA INTRADUCIBILIDAD

EN TORNO A JOYCE Y OTROS DEMONIOS: O EN TORNO A LA INTRADUCIBILIDAD

Creo que todo aficionado a la literatura nos hemos topado alguna vez tanto con traducciones pésimas, como con otras tan brillantes que nos han hecho sentir que el libro en cuestión estaba escrito en nuestra lengua materna. Y ello nos ha llevado a preguntarnos cómo técnicamente es posible transmitir a un lector de un idioma diferente todo el sentimiento oculto tras unas letras escritas en una lengua extraña. Si, además, se ha enfrentado alguna vez a la tarea de traducir aunque sea una simple canción, no tendrá otra opción que quitarse el sombrero ante la ardua tarea de los traductores literarios. En esas estaba cuando, hojeando el pasado mes de agosto las páginas de “El País”, me llamó poderosamente la atención un artículo firmado por el escritor Eduardo Lago. En el  mismo, Lago afirmaba que “no hay obra que alcance las cotas de inaccesibilidad, ilegibilidad e intraducibilidad de Finnegans Wake, que acaba de ser vertida al español completa por primera vez”.

Empieza Eduardo Lago su artículo afirmando categóricamente que “en cuestiones de traducción literaria, uno de los casos límite es sin duda el de James Joyce. Obras tempranas como Dublineses y El retrato del artista adolescente no suponen un reto mayor, salvo la necesidad de preservar las cualidades musicales, a veces asombrosamente elusivas, de la prosa. Por el contrario, el nivel de dificultad que presenta el Ulises raya en el paroxismo. La cuestión es problemática: hay obras cuya universalidad, manifiesta desde el momento mismo de su aparición, hace necesario su traslado urgente a otras lenguas. Fue el caso del Quijote y, cuatro siglos después, del Ulises”.

¿Es Ulises una obra virtualmente intraducible en su extraordinaria dificultad? Se pregunta. Pero, como rápidamente responde, esto queda desmentido por el simple hecho “de que no hay lengua literaria de que no hay lengua literaria en el planeta a la que no se haya vertido el Ulises. Dos hechos que resaltar aquí: la necesidad de la traducción como operación cultural pesa más que su imposibilidad, supuesta o real”.

“En segundo lugar, el hecho de que ciertas obras literarias resulten inaccesibles para un número ingente de lectores no disminuye un ápice su importancia”, añade. “El gusto no desempeña aquí papel alguno (incluso Borges o Cervantes tienen sus detractores), la cuestión es otra. Como ocurre con ciertas manifestaciones artísticas o musicales, la considerable complejidad de un artefacto textual como el Ulises exige un elevado nivel de adiestramiento por parte de quien aspire a su disfrute estético”.

Curiosamente, nos indica el escritor, “la calidad de la traducción no es un factor determinante. Hay veces (ocurrió con las primeras traducciones de Faulkner al castellano, la mayoría de un nivel ínfimo) en que la torpeza del traductor no logra destruir por completo la fuerza y belleza del original, que el lector llega a vislumbrar. En otros casos, el problema es casi el contrario. Algunos autores fundamentales en su ámbito lingüístico originario no logran llegar a los lectores en otro idioma ni siquiera cuando están bien traducidos. Es el caso de las versiones inglesas de los esperpentos de Valle-Inclán o Paradiso, la magistral novela de Lezama Lima. Lo idiosincrático de la lengua literaria empleada por sus autores convierte a estas obras en objetos culturalmente intransferibles, fuera incluso del alcance de los lectores más cultos”.

“Con algunos escritores norteamericanos contemporáneos clave, como Thomas Pynchon o David Foster Wallace”, reflexiona, “la cuestión puede llegar a alcanzar considerables niveles de complejidad. La traducción de algunas obras de estos y otros autores se aleja en ocasiones tanto de la textura del original que lo que tiene el lector en sus manos es otro libro, no solo muy inferior, sino distinto”.

Sin embargo, en opinión de Lago “por lo que a inaccesibilidad, ilegibilidad e intraducibilidad se refiere, no hay obra que alcance las cotas de Finnegans Wake, a la que Joyce dedicó 17 años, casi hasta el final de su vida. Este texto ejemplifica una circunstancia que se da en torno a ciertas obras notorias por su dificultad. La fascinación por su carácter hermético las convierte en objetos de veneración. Hay webs dedicadas a los textos más oscuros de Pynchon, Foster Wallace y Joyce, entre otros. La paradoja aquí es de otro signo: más que de leerlos, se trata de preservar el aura de misterio que envuelve a los textos. Más paradojas: pese a ser intraducible, hay versiones de Finnegans Wake en francés, turco, alemán, griego, coreano, polaco, portugués, holandés, chino y, muy recientemente, en español (obra del argentino Marcelo Zabaloy)”.

“En el mundo”, concluye, “hay tan solo un libro más inaccesible, ilegible, intraducible y, por tanto, más enigmático y fascinante aún que Finnegans Wake: el Códice Voynich, solo que queda fuera de los márgenes de lo que entendemos por literatura, ya que los caracteres que integran su texto no corresponden a ningún idioma conocido”.

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