Hablar castellano en todos los idiomas: un reconocimiento al traductor

Hablar castellano en todos los idiomas: un reconocimiento al traductor

Hace unos días leía un interesante artículo del periodista y poeta Javier Rodríguez Marcos en el suplemento cultural del periódico “El País” en el que señalaba el escaso reconocimiento del que gozan los traductores de obras literarias en un país como el nuestro. “Hablo ruso en todos los idiomas, decía el filólogo Roman Jakobson, que llegó a manejarse en 15 lenguas. A los lectores españoles nos pasa algo parecido pero al revés: a veces se diría que toda la literatura universal se ha escrito en castellano”, ironiza el periodista.

“Solo nos acordamos de los traductores cuando nos dicen que El gran Gatsby y Madame Bovary deberían titularse Gatsby el Magnífico y La señora Bovary”, afirma el escritor, recordando a continuación que sólo son unas pocas editoriales, “entre otras, Acantilado, Alfaguara, Impedimenta, Nórdica, Sexto Piso, las de poesía…”,  las que indican el nombre del traductor en la portada de las obras que han traducido. Escaso reconocimiento, “sobre todo”, nos recuerda, “si tenemos en cuenta que por sus manos pasa aproximadamente el 30% de los títulos publicados cada año en España (y, seguro, más del 30% de nuestra educación sentimental)”. Suelen aludir a razones de diseño, de falta de espacio, pero no deja de ser una vana excusa para justificar que el nombre de su traductor no aparezca en la cubierta de un libro. “¿Cómo podemos olvidarlo sin despreciar la influencia que han tenido, incluso sobre aquellos que no los han leído, obras como Las mil y una noches, la Odisea o la Biblia?”, argumenta Javier Rodríguez Marcos. “Cuál no sería el poder de esta última cuando durante siglos estuvo prohibida su traducción a las lenguas vernáculas. Traducir es, sobre todo, leer. Y leer es interpretar: si no lo haces tú, alguien lo hará por ti. Si hace falta, a degüello. Hasta los dogmas nacen en ocasiones de un error de traducción o de una traducción interesada”, añade a modo de apoyo a su tesis.

Termina Javier citando a otro “clásico, Einstein, (por el que) sabemos que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio, pero ponemos el grito en el cielo cada vez que un sabio viene a tocarnos las costumbres. Por supuesto, olvidamos que durante décadas llamamos a Dickens, Carlos, y a Nietzsche, Federico. Nunca es tarde para entrar en razón”. No deja de ser raro, por todo lo dicho, que exista el Premio Nacional de Traducción, “una jornada efímera que se parece al día de las enfermedades raras. Algo es algo. Dicen que la ignorancia se cura. Lo que no se cura es la indiferencia”. Interesante conclusión.

FUENTES: El País

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