TRADUCTORES: LOS FANTASMAS DEL MUNDO EDITORAL

TRADUCTORES: LOS FANTASMAS DEL MUNDO EDITORAL

No es la primera vez que desde esta web reproducimos noticias que reivindican la figura oculta del traductor en el mundo editorial. Hoy le toca a un artículo de Paula Corroto “Los personajes invisibles de la literatura” que apareció en el El País el  3 de octubre de 2017 y que extractamos a continuación.

Como índica la periodista en el mismo subtítulo, siete de cada diez traductores tiene que dedicarse a otro trabajo para poder sobrevivir. Esta es la cruda realidad de nuestra profesión, sin la cual, como señalaba en las páginas de este mismo diario Ramón Buenaventura, Premio Nacional a la Obra de un Traductor 2016, “la literatura no existiría”.

“El traductor es una especie de fantasma en el mundo editorial. Su nombre pocas veces aparece en las portadas de los libros y suele quedar reducido a la primera página. En letras muy pequeñas, casi imperceptible”. Aunque, afirma Corroto, probablemente “los lectores en español no sabrían nada de la riqueza lingüística de William Faulkner o Günter Grass sin el trabajo de Miguel Sáenz; la de Jane Austen sin José Luis López Muñoz; o de la singular y dialectal de Andrea Camilleri sin Carlos Mayor.”

“Pero”, continúa la periodista, “no son ellos los que se llevan la gloria. “Somos muy invisibles”, reconoce Carlos Fortea, presidente de la Sección Autónoma de Traductores de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACETT). Y con un trabajo muchas veces ingrato: según el estudio presentado el pasado mes de julio sobre el valor económico de los traductores, elaborado por el Ministerio de Educación y Cultura, siete de cada diez tiene que dedicarse a otro trabajo para poder sobrevivir.”

Son muchas las piedras en el camino que ponen los textos. En este sentido Corroto reproduce la opinión al respecto de varios reputados traductores:

“Carlos Mayor, que lleva treinta años en la profesión, sabe bien de ello, ya que se encarga de manejar el correoso lenguaje de Andrea Camilleri: “La forma de hablar de [el personaje] Catarella, el recepcionista de la comisaría de Montalbano. Es un aspecto muy famoso de estas novelas. Catarella habla en un idioma propio, mezcla de siciliano, italiano, meteduras de pata e inventos propios. Eso da lugar a muchos equívocos humorísticos.”

“Su colega Jesús Cuéllar, que ha traducido entre otros a Tony Judt (Posguerra), recuerda: “Tuve que darle vueltas a la jerga barriobajera de Boston en los años 40 para una obra sociológica que traduje, que se componía de múltiples testimonios de pandilleros. O en las dificultades que me planteó la jerga de los músicos negros de jazz de EE UU para la autobiografía del trompetista Dizzy Gillespie”.

“Carmen Franci, traductora de autores como Toni Morrison, Nadine Gordimer o Joyce Carol Oates, entre otros, también resalta aquello que nunca hay que hacer: “Los acentos locales son siempre irreproducibles y la solución es siempre insatisfactoria. El autor puede hacer que sus personajes hablen jergas carcelarias propias de un tiempo y un lugar concretos, pero el traductor no tiene recursos descriptivos para esa realidad en su lengua de llegada.” En otras palabras “queda ridículo traducir el cockney londinense por el cheli madrileño”.

“Otro problema es la información entre líneas, los sobreentendidos, sobre todo cuando quedan alejados en el espacio y en el tiempo para el lector de la traducción”. En este sentido, la periodista reproduce la opinión de David Paradela, traductor de La piel de Curzio Malaparte, “Cuando un autor como John O’Hara dice que tal persona luce tal insignia en la solapa o conduce tal coche está diciendo mucho más de lo que dice, está describiendo al personaje sin describirlo”.

Como apuntan otros traductores, “no sólo es complicada la traducción literaria, también la de los textos técnicos exige una gran destreza”. Y qué decir de los idiomas de partida. “La percepción es que los idiomas más alejados del español, como puede ser el chino o el japonés, son el gran abismo”, escribe Corroto. “Sin embargo, los profesionales desmienten la mayor. No por estar más cerca las facilidades aumentan”. Para ello reproduce la opinión de Alicia Martorell, traductora de obras de la literatura francesa como El discurso amoroso de Roland Barthes y  El segundo sexo de Beauvoir , quien destaca que “en las lenguas romances, es decir, las que se parecen, el problema es distanciarse, no dejarse llevar por la música, la sintaxis o por una falsa sensación de equivalencia, no dejar de descodificar y de desmontar completamente el texto para montarlo luego en español”.

Asimismo, continúa reproduciendo la opinión de Martorell en relación inglés: “Dado lo deprisa que va todo, cuando intentas crear un término en español, el término inglés está ya tan asentado que no hay quien lo mueva, no nos da tiempo. Y te encuentras sectores enteros en los que nadie te entiende si buscas un término español diferente del inglés que están acostumbrados a escuchar”.

La periodista continúa indicando que “ni siquiera idiomas tan cercanos al español, como el catalán, ofrecen mucha confianza”. Según confiesa Carlos Mayor “El original siempre te reserva trampas a la vuelta de la esquina. Y la cercanía de los idiomas muchas veces es engañosa. Yo tengo que ir con pies de plomo al traducir del catalán al castellano, cosa que hago muy a menudo”.

Finalmente concluye Paula Corroto “En cualquier caso, todos los traductores resumen su profesión en la capacidad para meterse en la piel del escritor (…) Una labor tan pocas veces reconocida”.

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